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Bienvenida al espacio en el que cometo el exceso de ser yo: familia, escritura y diseño hecho a mano en la vida de una multiapasionada. ¿Compartimos juntas cómo podemos embellecer cada gesto cotidiano?

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Familia feliz: educar para la felicidad.

Familia feliz


Hacía semanas que le debía a mi conciencia materna este post. Sin embargo, no escribir no implica no reflexionar sobre lo que significa una familia feliz. Masticando como un rumiante sobre la forma en la que voy a convertir al desmesurado hijo en un "ser humano de bien". Curiosa expresión que usan las mujeres de mi familia y que tiene su variante de tinte financiero cuando dicen "una persona de provecho".

Por más curiosa que me resulte la expresión, en definitiva quiero que mi hijo sea un ser humano íntegro y feliz. Lo cual traducido al lenguaje rioplatense del siglo XX, significa más o menos un hombre de bien. Ya te comenté antes mis esfuerzos porque comprenda sus potencialidades y sus límites. Y todas mis protestas en pos de  que adquiera la bendita autonomía. Así que le está llegando el turno a la eflexión sobre la diferencia entre la tolerancia y la aceptación. Tampoco te asustes de la formulación, que no soy pedagoga ni me doy credenciales de tal. Mi planteo es otra cosa menos teórica y más experiencial. Hoy, simplemente quiero plantearte los tres retos que supone para mí educar en una familia feliz para comprender la diferencia, no para tolerarla.



La familia feliz entiende que...




Tolerar no es comprender.



De pronto solo es un juego de palabras. De pronto cuando alguien dice que quiere que su hijo sea "tolerante", no está manifestando otra cosa que su deseo de criar una persona que acepte al otro en su integridad. Pero resulta que mi mundo son las palabras y esas sutiles diferencias de los significados marcan distancias considerables. Existe una gran diferencia entre el concepto de aceptar resignadamente la presencia de otros que no se parecen a mí y la idea de comprender que los seres humanos somos diferentes y que las diferencias -aunque no las pueda entender- son enriquecedoras. Pero establezcamos una salvedad:
Comprender la diferencia no significa respetar ciegamente lo que contradice nuestros valores como familia. 

Luego de que establecí con Camilo que no solo tenemos que aceptar las diferencias sino comprenderlas, todavía nos queda un largo trecho para enseñarle las excepciones. Y consideremos que enseñar que existen excepciones es un desafío en sí mismo. Puedo intentar entender a quien lastima intencionalmente, puedo interpretar su pasado y establecer las claves de la comprensión de sus actos. Eso no significa que los respete. Ni en el más amplio ni en el más restringido de los sentidos. Enseñarle esta diferencia a mi hijo es un verdadero reto.



Cuando comienzan la vida en una familia feliz....



Mientras el núcleo de socialización primaria de Camilo fue su familia, más allá de las acaloradas discusiones con la madre de esta desmesurada que es una abuela permisiva y con ideas extravagantes respecto a su "maravilloso nieto",  Camilo creció en un ambiente en el cual la diferencia no atemoriza ni provoca rechazo.

Sea cual sea el elemento diferencial (sexo, etnia, religión, clase social o lo que se te ocurra) padre y madre estamos alineados en cómo interpretar y trasmitir el valor y el aprecio por la diversidad cultural. En consecuencia, un Camilo de cinco años. discute tranquilamente y sin el más mínimo matiz de extrañamiento que su mejor amigo no es "negro"sino "marrón claro como el chocolate con leche". Y la conversación sigue como si nada, porque eso no hace a su amigo más o menos amigo, simplemente lo hace de otro color. Me gustaría que todos los que se enroscan por decir "afrodescendiente" (la expresión políticamente correcta) entendieran que el problema no es la palabra "negro" sino la educación basada en la tolerancia y no en la comprensión.


Cuando comienzan la escuela....

 

Los grupos de socialización secundaria ya son otro cantar. Es en este momento en el que caigo en cuenta que las discusiones con la abuela no son más que anécdotas por momentos molestas, por momentos divertidas. Resulta que la abuela es un ser humano concreto con el que puedo ejercer el pensamiento dialéctico. Además, desea lo mismo que nosotros: un nieto feliz, viviendo en una familia feliz. Sin embargo, las horas que Camilo permanece en la escuela, hacen que las ideas abuelísticas respecto a el bienestar de su nieto sean una risa. Todos los esfuerzos se diluyen cuando tu forma de ver el mundo tiene que interactuar con la de otras familias. Este es el tercer reto de la educación para la comprensión de la diferencia:

- El primero era establecer la diferencia entre tolerancia y comprensión. Con ejemplos pero fundamentalmente  con el ejemplo. Si algo me enseñaron cinco años de maternidad es que tu hijo no hace lo que decís, imita lo que te ve hacer. Es un hecho.

- El segundo es mantener claros los límites entre la comprensión y el respeto de lo que contradice mis valores como persona. Porque no todas las diferencias son respetables en un contexto determinado. Por más que comprenda la ablación femenina como una manifestación religiosa de ideas culturalmente arraigadas, no la respeto. Y si es necesario, te levanto una pancarta ahora mismo para denostarla.

- El tercero es poner en acción toda esta preciosa teoría incubada al vacío. Porque, convengamos, todo lo que te planteo suena divinamente razonable y filosóficamente indiscutible. Abrazo, medalla y beso para la madre que quiere educar un hijo para la felicidad. Ahora, cuando tenés que enfrentarte al mundo tal como es -y no como desearías que fuera para tu hijo- la teoría es un montón de palabras y la realidad una entidad bastante más concreta. 

O dicho de otra forma, tus argumentos van a entrar en colapso reiterada y violentamente con las nuevas ideas que llegan de la mano con la convivencia escolar. La opinión de sus pares va a empezar a tener otro peso e incluso va a hacer tambalear todo lo que intentes construir de ahora en más. Si tu hijo tiene cinco, todavía no te preocupes. Basta con ser firme y estar convencida, ya que tu palabra sigue siendo la matriz de sus ideas. Preocupate cuando llegue a los doce, porque la adolescencia, es otra historia.



El único consejo que puedo ofrecer para una familia feliz.


Como verás, tengo más reflexiones que soluciones. Lo que pasa es que creo que reflexionar es parte de la solución. Permanecer atenta y abierta a poner en juego las ideas de tu familia con el mundo circundante. Creéme que no es nada fácil enseñarle a un niño el valor de una vida frugal cuando vive rodeado de seres que consumen y consumen en exceso.

Puedo dar fe de eso y de mi lucha permanente con el "comprame". Mi único consejo es tan obvio como certero: cuando vos estás convencida, tu hijo se convence.  Educar una familia feliz es trasmitir generacionalmente una cosmovisión. Quizás en el futuro te reproche el Transformer que nunca llegó, pero va a entender que detrás de esa ausencia no estaba el capricho sino una forma de entender la vida.
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