Ayer, mientras ordenaba archivos en un pendrive, encontré una fotografía de hace siete años: mi hijo y mi ahijado en la cuna, jugando juntos. La observo y, más allá de la emoción que me provoca, llega a mi mente una frase suelta: “el miedo a la libertad”. Siento que es la imagen de otra vida. Que es la mía pero es otra.

No pasaron veinte años como en el tango. Estábamos ordenando el caos de una mudanza mientras estos ojitos seguían cada uno de nuestros movimientos.Recuerdo que era primavera y aunque tenía la sensación optimista de tener todo lo que le había pedido a la vida, vivía de lunes a viernes con una incomodidad difícil de definir.

 

¿Alguna vez sentiste esa “urgencia” indefinible que te hace acelerar el paso pero no sabés hacia dónde? Esa era la sensación: vivir en un incómodo sobresalto.

 

Aunque la intuición me gritaba lo que estaba sucediendo, prefería hacer oídos sordos. Entonces ella gritaba más fuerte. Y más. Hasta que fue imposible ignorarla.

Me costó años pronunciar en voz alta que todo en mí reclamaba la libertad de hacer con mi tiempo y mi talento lo que me diera la gana. Percibía la sospecha que despertaban mis deseos: ¿Qué te molesta? ¡Tenés el mejor trabajo! ¿Acaso no fue para lo que estudiaste?

No. No fue para lo que estudié.

 

“Ganar mucho” no es tener “el mejor trabajo”.

 

El miedo a la libertad.

 

No mucho tiempo después de esta foto dejé “el mejor trabajo”. Con escándalo, como corresponde a toda mi desmesura.

Más allá del arrebato de expresión individual y de la puesta en escena tragicómica, no me atreví a soltarme en terreno desconocido. Cambié una institución por otra. El miedo a la libertad es más que un tema en el curso de filosofía cuando se abre frente a tus ojos el espacio de la incertidumbre. Es cierto: respiraba mejor. Pero yo no necesitaba “respirar mejor”. Necesitaba libertad.

Bueno… sin enredarme en detalles, digamos que esa búsqueda dejó huellas físicas y emocionales porque no podía transformarla en palabras. O sí podía, pero las palabras que hacían eco a mi alrededor eran “inestable”, “inmadura”, “irresponsable”. Estas palabras me definían. Necesitar un cambio era una anomalía.

Hoy comprendo que me faltaba claridad. No porque la necesidad que sentía fuera impropia sino porque no sabía cómo expresarla verbalmente. Sí, yo que me dedico a las palabras no sabía cómo formular mi “incómoda urgencia” porque me faltaba perspectiva histórica.

 

¿El miedo a la libertad te hace inestable?

 

Suena muy teórico pero es bastante simple: la “inestabilidad” era la forma agresiva de pronunciar la necesidad de cambiar. Una necesidad que en mí se manifiesta con más frecuencia e insistencia que en otras personas. ¿Por qué? Porque cuando siento que cumplí un ciclo, cuando el desafío que elegí pierde la fuerza del propósito, entonces, necesito ir por un nuevo y más complejo reto.

Con una educación orientada a evitar los sobresaltos y una vida familiar que no me había obligado a grandes apuros, esa tendencia natural de mi carácter no era tan evidente. De hecho, elegí estudiar una de esas carreras que te llevás puesta a la otra vida. Concursé por un trabajo de esos en los cuales salís con el retiro y un resto de fuerza para disfrutar la jubilación.

Sin embargo a mí, esta forma de seguridad me las repampinfla. ¡Qué querés que te diga! No era aversión al trabajo -las lenguas maliciosas lo dijeron por allí- era aversión a ciertas convenciones asumidas como el pecado original. Curiosamente, quienes más cerca estaban de mí en este sentimiento eran quienes menos me entendían y eso, hacía más doloroso el proceso.

 

Escribir es una forma de conjurar el miedo.

 

Mi padre se había sacudido toda institucionalidad a la misma edad, los 30. Conocía “el lado B de emprender” y no quería para su primogénita tantos quebraderos de cabeza. Pero a su pesar, me “heredó” la necesidad de caminar a mi propio ritmo. Aunque eso signifique estar siempre a un paso de la caída libre. Es que la libertad, viene con sus propias cuotas.

Si hoy escribo es porque quizás, por esos misterios del azar, este texto te llegue en el justo momento en el cual adquiere significado. Ese momento en el que te acosa el miedo a la libertad y cargás la “inestabilidad” como una etiqueta en la espalda. Porque quiero proponerte que descubras que la ansiedad que te impulsa a ir más allá, no necesariamente es un gesto de inmadurez sino un reclamo más profundo. Una vocación latente que, cuanto más ignores, más creativa se va a poner en sus manifestaciones.

No te asombres si sentís el agujeo incómodo como un órgano más en el cuerpo. Que no te sorprenda si te enfermás de todo lo existente. Nada demasiado grave: dolores de cabeza, gripes, alergias novedosas, imprecisos dolores digestivos… Ponele que estás recibiendo notificaciones de tu omisión.

¿Cuántas “cartas certificadas” tenés que recibir antes de darte por aludida?

 

Cuando trascendés el miedo a la libertad.

 

Porque creéme, no tenés que hacer otra cosa que darte por aludida. Entender que estás en el punto de no retorno. Que esto no “va a pasar” y se agudiza cuanto más intentás tranquilizar tu conciencia. Podés extender la incómoda urgencia por años. Yo misma lo extendí por cinco años. Hasta ese momento en qué me enfrenté al miedo para pronunciarme:

Entiendo. Usted está tratando de comunicarme algo. A ver, diga que le escucho.

El problema suele ser que el miedo a la libertad te habla en un idioma que todavía no conocés. Pero a no desesperar. Tenés la capacidad de aprenderlo. ¿Cómo? Escribiendo. ¿Pensabas que tenía una pastillita para recetarte? Mi receta tiene forma de escritura y te propongo que luego de terminar de leer este post, corras a buscar ese cuaderno que garabateás de vez en cuando y empieces a responder la pregunta que no te deja dormir tranquila.

Por acá me quedo para acompañarte.

Author: Paula

Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros...

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