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    Paula Lesina

    Vivir más simple. Vivir con propósito. Vivir mejor

    ¿A qué te dedicás?

    A qué te dedicás



    Forzada por las circunstancias, descubrí que los encuentros casuales con perfectos desconocidos suelen tener un guión predecible. Ya sea en el ómnibus, la fila de un banco o una de esas salas de espera que conservan revistas de los 80, podría anticipar el devenir de este tipo de conversación amablemente superficial.

    Tengo experiencia en el tema. Por alguna razón cósmica que desconozco, atraigo naturalmente a quienes tienen deseos de decir. Recuerdo encuentros fortuitos que enloquecerían al propio Kafka. Y personas que me contaron intimidades familiares que solo se pronuncian con tanta liviandad frente a alguien que, estamos convencidos, no vamos a ver nunca más.

    Eso sí, por más bizarro que sea el tono del diálogo, existe una pregunta que se reitera. Una y otra vez. Con insistencia: ¿A qué te dedicás? No es una pregunta comprometida ni comprometedora. Es más, suele tener un afán meramente informativo, para mantener el ritmo de la charla.


    Sin embargo, durante años hubiese preferido contarte los detalles más crudos de una candidiasis vaginal antes que responderte este cuestionamiento.


    En honor a la veracidad histórica, la respuesta sería más o menos sencilla: soy docente. De hecho, es mi respuesta comodín para las ocasiones formales. ¿Por qué? Porque, en general, quien interroga no espera otra cosa que saber por qué me pagan mensualmente para financiarme una existencia que se extiende más allá de las horas dedicadas al trabajo.

    A mí, me pagan por enseñar: soy profesora de Literatura. Puedo ofrecer esta respuesta con una seguridad que engaña al oyente más entrenado. Sin embargo, escuchar la dichosa pregunta revolvía demasiadas emociones. Ninguna de ellas alentadora.

    ¿Por qué? Porque hubo un momento, hace aproximadamente tres años, en el cual dejé de sentir que mi trabajo coincidía con mi propósito. ¡Un golpe duro después de 15 años! Quizás, fue solamente un episodio del síndrome de desgaste ocupacional. Una manifestación extrema de cansancio y pérdida. No lo sé. Pero cambió mi vida.

    Es de este cambio del cual quiero hablarte.


    A qué te dedicás




    La fábrica de propósitos.




    Nada en mi biología codifica la búsqueda de sentido. Ni en la mía, ni en la tuya. La vida tiene un único propósito: perpetuarse a sí misma. En consecuencia, ¿por qué escandalizar cuando alguien decide vivir sin reflexionar sobre su aporte a este mundo?


    Carecer de propósito no es una anomalía y conozco personas lícitamente felices con satisfacer sus necesidades básicas y darle un que otro gusto al cuerpo. 


    Desafortunadamente, no soy una de esas personas. Desde que tengo memoria me lleva la vida el significado de las cosas. Digamos que si existieran seres humanos "cómo" y otros "por qué", mi cerebro es un gran signo de interrogación. Algo así como una existencialista trasnochada, que entiende que es un cúmulo de átomos de carbono que se desgastan con el tiempo, pero aún así se empeña en construir sentido.

    Al elegir mi profesión, viví el primer conflicto existencial. El mandato familiar y el pensamiento práctico, me orientaron a una decisión pragmática. Elegí estudiar la profesión de mi padre. ¡De manual! Claro, esta decisión no iba a perpetuarse sin consecuencias. Vaya si tuvo consecuencias...

    Dos años después estaba agotada del asco de solo pensar en levantarme todos los días para hacer algo que no tenía sentido para mí. Porque las presiones sociales no construyen significado. Todo lo contrario. Son un buen sustituto para quienes desean evitar el conflicto. Como te imaginarás, tampoco es mi caso.

    Así que atravesé el conflicto y tomé una decisión que guió el primer paso hacia la vida que hoy tengo. Estudié letras, una de mis pasiones. Aunque voy a ser totalmente franca: mi intuición fue más sabia que yo. Elegí la opción de docencia sin haber reconocido en mí el espíritu de quien enseña. Eso, lo descubrí un par de años más tarde.



    ¿Vivir con propósito o tener un trabajo?




    Durante diez años esta fórmula funcionó medianamente bien. Por supuesto que con sus claroscuros. Apenas entré al sistema educativo comencé a cuestionarme sobre la validez de mi profesión. La institucionalidad es todo un tema para mí. Pero, la pasión por las letras y una sorpresiva capacidad para comunicar emocionando y persuadiendo fueron suficientes para darle sentido a la cuestión.

    ¿Qué pasó entonces? Lo que sucede cuando se inicia un fuego: se encuentran una sustancia inflamable y un acelerador y la química hace el resto. Mi acelerador fue la maternidad. ¡Menudo acelerador!

    Si estás pensando en ser madre y todavía tenés deudas personales por resolver, da por hecho que te esperan unos años dignos de registro. No hay nada inocuo en el proceso de mantener con vida y educar a otro ser humano. Te pone en eje a tu pesar.

    En aquel momento, creí que el problema era la institución en la cual trabajaba y resolví la situación de la peor forma posible: con escándalo. Resolver los conflictos gruesos sin fuegos artificiales no era una de mis virtudes personales.

    Dejé la institución a la que pertenecía y me tomé seis meses de dedicación exclusiva a la maternidad. Pronto descubrí que necesitaba más. No solo necesitaba un sueldo para vivir, la pulsión del sentido seguía latiendo. ¡Y cómo!

    La maternidad había desempolvado pasiones que ya no recordaba, menos vinculadas con el terreno intelectual y más ligadas a los trabajos manuales y el goce estético de los objetos. También inauguró una desmedida voluntad de ser más allá de mis roles sociales. Fue entonces cuando nació La Desmesurada. En espacio para cometer el exceso de ser yo.



    ¿Las dos cosas no se podrá?



    Escribir es mi forma de exorcizar. O de sublimar si preferís la terminología freudiana clásica. Escribir un blog fue y es una herramienta de autoconocimiento que aún me sorprende. No solo no me aburro de hacerlo sino que, cuando aprendo una nueva forma de ver el mundo, lo primero que se me ocurre es compartirlo en un blog.

    Comencé a escribir en Blogger hace diez años. Sin embargo, mi primer blog era una herramienta profesional, lo usaba para guiar a mis alumnos en la preparación de sus exámenes internacionales. 

    En aquel entonces no se me ocurría escribir a título personal. ¡Mucho menos tener un dominio con mi nombre! Porque, he aquí, que ser Bloguera no es una de las profesiones aceptadas sin reclamo de la conciencia.


    Además, para evitar este tipo de reclamo de la conciencia, escribir un blog debía producir beneficios materiales concretos. De esos que pagan la luz y la comida. 


    Como fui y soy lectora de blogs -en español y en inglés- entendí sin demasiado esfuerzo que existían personas en el mundo que ganaban un sueldo escribiendo su blog. Al principio, me pareció una idea impracticable para mi contexto. Eso sí, una idea que se negó a abandonarme.

    Quería las dos cosas: escribir sobre lo que tuviera ganas y ganar dinero con ello. Desde la comodidad de mi sillón y de entrecasa. Entonces, viví un segundo conflicto de propósitos y me inventé una profesión que todavía tengo que explicar minuciosamente.



    La inventora de profesiones. 




    Como puede ser agotador explicar día sí y otro también de dónde proviene tu dinero observando el gesto incrédulo del interlocutor, comprenderás que la preguntita que le da título a este artículo me crispara los nervios.

    Por eso, prefiero un simple: "soy docente". Reservando la explicación detallada solo para ocasiones especiales. Rigurosamente, estoy diciendo una verdad: sigo siendo docente. Sea lo que sea que haga, me puede en el cuerpo la voluntad de expresar aquello en lo que creo para transformar la vida de otras personas.

    No entra dentro de mi paradigma enseñar algo en lo que no creo o mirar para otro lado si una de mis palabras puede cambiar tu percepción y por lo tanto, ayudarte a vivir más felizmente. Fue así como luego de muchas idas y venidas acepté que mi propósito es la comunicación. O dicho de otra forma: enseñar aquello que sé y en lo que creo para mejorar la experiencia de vida de otras personas.


    ¿Cómo sé que esto es un propósito y no solo algo "a lo que me dedico"? Porque permanece como un principio sólido más allá de que, con el tiempo, fue cambiando aquello que quería enseñar. Cambia el mensaje, no el deseo de expresión.


    Así que cuando me preguntan a qué me dedico, bien podría decir que lo que me levanta de la cama por las mañanas es un propósito. Y que si todavía no descubriste el tuyo, me encantaría acompañarte en el proceso.
    A qué te dedicás



    Forzada por las circunstancias, descubrí que los encuentros casuales con perfectos desconocidos suelen tener un guión predecible. Ya sea en el ómnibus, la fila de un banco o una de esas salas de espera que conservan revistas de los 80, podría anticipar el devenir de este tipo de conversación amablemente superficial.

    Tengo experiencia en el tema. Por alguna razón cósmica que desconozco, atraigo naturalmente a quienes tienen deseos de decir. Recuerdo encuentros fortuitos que enloquecerían al propio Kafka. Y personas que me contaron intimidades familiares que solo se pronuncian con tanta liviandad frente a alguien que, estamos convencidos, no vamos a ver nunca más.

    Eso sí, por más bizarro que sea el tono del diálogo, existe una pregunta que se reitera. Una y otra vez. Con insistencia: ¿A qué te dedicás? No es una pregunta comprometida ni comprometedora. Es más, suele tener un afán meramente informativo, para mantener el ritmo de la charla.


    Sin embargo, durante años hubiese preferido contarte los detalles más crudos de una candidiasis vaginal antes que responderte este cuestionamiento.


    En honor a la veracidad histórica, la respuesta sería más o menos sencilla: soy docente. De hecho, es mi respuesta comodín para las ocasiones formales. ¿Por qué? Porque, en general, quien interroga no espera otra cosa que saber por qué me pagan mensualmente para financiarme una existencia que se extiende más allá de las horas dedicadas al trabajo.

    A mí, me pagan por enseñar: soy profesora de Literatura. Puedo ofrecer esta respuesta con una seguridad que engaña al oyente más entrenado. Sin embargo, escuchar la dichosa pregunta revolvía demasiadas emociones. Ninguna de ellas alentadora.

    ¿Por qué? Porque hubo un momento, hace aproximadamente tres años, en el cual dejé de sentir que mi trabajo coincidía con mi propósito. ¡Un golpe duro después de 15 años! Quizás, fue solamente un episodio del síndrome de desgaste ocupacional. Una manifestación extrema de cansancio y pérdida. No lo sé. Pero cambió mi vida.

    Es de este cambio del cual quiero hablarte.


    A qué te dedicás




    La fábrica de propósitos.




    Nada en mi biología codifica la búsqueda de sentido. Ni en la mía, ni en la tuya. La vida tiene un único propósito: perpetuarse a sí misma. En consecuencia, ¿por qué escandalizar cuando alguien decide vivir sin reflexionar sobre su aporte a este mundo?


    Carecer de propósito no es una anomalía y conozco personas lícitamente felices con satisfacer sus necesidades básicas y darle un que otro gusto al cuerpo. 


    Desafortunadamente, no soy una de esas personas. Desde que tengo memoria me lleva la vida el significado de las cosas. Digamos que si existieran seres humanos "cómo" y otros "por qué", mi cerebro es un gran signo de interrogación. Algo así como una existencialista trasnochada, que entiende que es un cúmulo de átomos de carbono que se desgastan con el tiempo, pero aún así se empeña en construir sentido.

    Al elegir mi profesión, viví el primer conflicto existencial. El mandato familiar y el pensamiento práctico, me orientaron a una decisión pragmática. Elegí estudiar la profesión de mi padre. ¡De manual! Claro, esta decisión no iba a perpetuarse sin consecuencias. Vaya si tuvo consecuencias...

    Dos años después estaba agotada del asco de solo pensar en levantarme todos los días para hacer algo que no tenía sentido para mí. Porque las presiones sociales no construyen significado. Todo lo contrario. Son un buen sustituto para quienes desean evitar el conflicto. Como te imaginarás, tampoco es mi caso.

    Así que atravesé el conflicto y tomé una decisión que guió el primer paso hacia la vida que hoy tengo. Estudié letras, una de mis pasiones. Aunque voy a ser totalmente franca: mi intuición fue más sabia que yo. Elegí la opción de docencia sin haber reconocido en mí el espíritu de quien enseña. Eso, lo descubrí un par de años más tarde.



    ¿Vivir con propósito o tener un trabajo?




    Durante diez años esta fórmula funcionó medianamente bien. Por supuesto que con sus claroscuros. Apenas entré al sistema educativo comencé a cuestionarme sobre la validez de mi profesión. La institucionalidad es todo un tema para mí. Pero, la pasión por las letras y una sorpresiva capacidad para comunicar emocionando y persuadiendo fueron suficientes para darle sentido a la cuestión.

    ¿Qué pasó entonces? Lo que sucede cuando se inicia un fuego: se encuentran una sustancia inflamable y un acelerador y la química hace el resto. Mi acelerador fue la maternidad. ¡Menudo acelerador!

    Si estás pensando en ser madre y todavía tenés deudas personales por resolver, da por hecho que te esperan unos años dignos de registro. No hay nada inocuo en el proceso de mantener con vida y educar a otro ser humano. Te pone en eje a tu pesar.

    En aquel momento, creí que el problema era la institución en la cual trabajaba y resolví la situación de la peor forma posible: con escándalo. Resolver los conflictos gruesos sin fuegos artificiales no era una de mis virtudes personales.

    Dejé la institución a la que pertenecía y me tomé seis meses de dedicación exclusiva a la maternidad. Pronto descubrí que necesitaba más. No solo necesitaba un sueldo para vivir, la pulsión del sentido seguía latiendo. ¡Y cómo!

    La maternidad había desempolvado pasiones que ya no recordaba, menos vinculadas con el terreno intelectual y más ligadas a los trabajos manuales y el goce estético de los objetos. También inauguró una desmedida voluntad de ser más allá de mis roles sociales. Fue entonces cuando nació La Desmesurada. En espacio para cometer el exceso de ser yo.



    ¿Las dos cosas no se podrá?



    Escribir es mi forma de exorcizar. O de sublimar si preferís la terminología freudiana clásica. Escribir un blog fue y es una herramienta de autoconocimiento que aún me sorprende. No solo no me aburro de hacerlo sino que, cuando aprendo una nueva forma de ver el mundo, lo primero que se me ocurre es compartirlo en un blog.

    Comencé a escribir en Blogger hace diez años. Sin embargo, mi primer blog era una herramienta profesional, lo usaba para guiar a mis alumnos en la preparación de sus exámenes internacionales. 

    En aquel entonces no se me ocurría escribir a título personal. ¡Mucho menos tener un dominio con mi nombre! Porque, he aquí, que ser Bloguera no es una de las profesiones aceptadas sin reclamo de la conciencia.


    Además, para evitar este tipo de reclamo de la conciencia, escribir un blog debía producir beneficios materiales concretos. De esos que pagan la luz y la comida. 


    Como fui y soy lectora de blogs -en español y en inglés- entendí sin demasiado esfuerzo que existían personas en el mundo que ganaban un sueldo escribiendo su blog. Al principio, me pareció una idea impracticable para mi contexto. Eso sí, una idea que se negó a abandonarme.

    Quería las dos cosas: escribir sobre lo que tuviera ganas y ganar dinero con ello. Desde la comodidad de mi sillón y de entrecasa. Entonces, viví un segundo conflicto de propósitos y me inventé una profesión que todavía tengo que explicar minuciosamente.



    La inventora de profesiones. 




    Como puede ser agotador explicar día sí y otro también de dónde proviene tu dinero observando el gesto incrédulo del interlocutor, comprenderás que la preguntita que le da título a este artículo me crispara los nervios.

    Por eso, prefiero un simple: "soy docente". Reservando la explicación detallada solo para ocasiones especiales. Rigurosamente, estoy diciendo una verdad: sigo siendo docente. Sea lo que sea que haga, me puede en el cuerpo la voluntad de expresar aquello en lo que creo para transformar la vida de otras personas.

    No entra dentro de mi paradigma enseñar algo en lo que no creo o mirar para otro lado si una de mis palabras puede cambiar tu percepción y por lo tanto, ayudarte a vivir más felizmente. Fue así como luego de muchas idas y venidas acepté que mi propósito es la comunicación. O dicho de otra forma: enseñar aquello que sé y en lo que creo para mejorar la experiencia de vida de otras personas.


    ¿Cómo sé que esto es un propósito y no solo algo "a lo que me dedico"? Porque permanece como un principio sólido más allá de que, con el tiempo, fue cambiando aquello que quería enseñar. Cambia el mensaje, no el deseo de expresión.


    Así que cuando me preguntan a qué me dedico, bien podría decir que lo que me levanta de la cama por las mañanas es un propósito. Y que si todavía no descubriste el tuyo, me encantaría acompañarte en el proceso.
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