Paula Lesina



He detenido proyectos que me interesaban, especulando sobre el mejor momento para hacerlos realidad. En la persecución de fechas simbólicas y cuadraturas de planetas, perdí más tiempo del que es deseable confesar. En mi afán ritualista, interpreto como un augurio las circunstancias que rodean a mis propósitos. No es lo mismo comenzar un 16 de mayo que cualquier otro día. ¿Por qué? Es mi aniversario y como -por el momento- es la fecha de un inicio feliz, es una de mis fechas cábala. Soy perfectamente capaz de realizar el análisis numerológico de la fecha para decidir si vale la pena o no, elegirla para un inicio auspicioso.

Probablemente, en este momento estés buscando un nombre clínico para mi desmesura ritual. Quizás, lo hayas encontrado. De todas formas, este artículo que estás leyendo es precisamente mi forma de luchar contra esta tendencia que prefiero, no etiquetar. Un artículo inicial en una fecha que no tiene ninguna connotación.

Te cuento. Hace dos años, tomé una decisión trascendental: compré un dominio con mi nombre. Lo sé. Tampoco fue que me decidí a luchar contra el hambre, pero lo cierto es que esa decisión fue un hito en mi recorrido de transformación personal. Puede sonarte extraño, pero lo cierto es que elegir mi nombre como primera seña de identidad verbal de mi negocio fue una larga y para nada gozosa batalla con mis emociones.

En definitiva, ¿quién no cuenta en su haber con estas confrontaciones íntimas? Hoy, puedo afirmar con un orgullo -nada disimulado por la falsa modestia tan propia de mi cultura- que fue una batalla ganada y por eso mismo, me considero con el derecho de contarlo, compartirlo y si fuera posible, ayudar desde este espacio a quienes estén viviendo el mismo proceso.



Un largo camino de regreso a casa.



De alguna forma y desde esta mirada con perspectiva que hoy ejerzo, que exista este espacio y se identifique con mi nombre es el resultado de un largo camino de regreso a casa. Regreso a un hogar más allá del espacio físico que habito, donde soy responsable de mis emociones, mis pensamientos y mis acciones.

En 2010, cuando comenzó a gestarse lo que llamaremos "mi transformación", no habría sido capaz de pensar en cultivar mi marca personal. No solo no habría sido capaz, me atemorizaba solo pensar que las personas más cercanas a mí, supieran que tenía aspiraciones más allá de mi profesión. Aspiraciones tan ajenas a lo que había sido mi vida hasta el momento.


Antes de utilizar mi nombre como referencia, habría renunciado. Lo sé. Por eso mismo, al elegir el nombre de mi -por aquel entonces- proyecto, preferí la seguridad del anonimato aunque el espíritu me reclamara un espacio para cometer el exceso de ser yo. Elegí "la desmesurada", que es una definición tan abrumadora de mi identidad que casi podría considerarse un sinónimo.

Cierto es que una década de cambios aplacaron sutilmente los impulsos desmesurados y aunque sigo siendo intensa y políticamente incorrecta, algunas desmesuras menguaron. Fui prescindiendo de ellas para viajar más liviana. No siempre renunciar es claudicar. Renunciar a rasgos que nos frenan puede transformarse en un primer gesto de lucidez. Algunos, le llaman madurez. No pretendo tanto. 

En fin... Ni mi nombre ni mi imagen estaban presentes en aquellos primeros pasos. El anonimato es una de las máscaras de la libertad y escribir desde ese lugar fue catársico. No sería la persona que soy si no hubiese existido esta primera etapa de experimentación. 

Aún recuerdo el día en el que decidí incluir mi fotografía en la página "Sobre mí". Una madrugada fría de uno de mis tantos insomnios emprendedores. Dificultades para dormir no tuve, ni tengo. Pero ocasionalmente, me mantienen despierta las ideas. Con un hijo de tres años y un duelo sanando, las noches en vela eran frecuentes. En una de mis azarosas búsquedas en el oráculo, me encontré a mí misma. Entendámonos. No "a mí misma" sino a la desmesurada. Era la primera vez que Google me devolvía mi propio contenido entre sus resultados. Fue tal el extrañamiento, la desautomatización de verme como me verían quienes llegaban a leer mis artículos, que instantáneamente sentí absurda la ausencia de un fotografía de quien escribía. 

Esa noche, la desmesurada tuvo su primer fotografía mía. Una fotografía tomada por mi hijo en la que aparecía de perfil y con lentes negros. Dicho de otra forma: si me hubieses encontrado en la calle, jamás me habrías reconocido. Estaba de incógnito. Sin embargo, era un paso al frente en relación a la tibia comodidad de esconderme detrás de las palabras.


El dilema de la identidad.



Así, fui dando tumbos con más o menos sentido en dirección a mi propósito, cuando aún no lo había definido. Cuando aún no lo sentía latir detrás de cada palabra que escribo. Pasaron cuatro años antes de que comprara el dominio que hoy luce en tu barra superior. Sí. No puedo enorgullecerme de la velocidad de mis procesos. Todo lo mío es lento, orgánico e intenso. 

La existencia del dominio no supuso su inmediato uso. ¡Para nada! Llevó un tiempo visualizar qué quería escribir bajo mi nombre propio. Esta imagen imprecisa ha cambiado en los últimos dos años. Hasta que finalmente, el eclipse lunar me condujo nuevamente a este editor que tanto conozco para escribir este primer artículo. Estoy absolutamente dispuesta a dejarme sorprender por el devenir de las palabras. Espero sorprenderme de tus respuestas y encontrar en tus comentarios dirección y sentido. 

El eclipse fue un suceso aleatorio -¿o no?- en este nuevo comienzo. Reclamo un espacio para despuntar el vicio de la escritura sin el encorsetamiento específico de mi profesión. Estás leyendo, la primera página de ese libro.

Gracias por ser testigo.
Ojalá también te invite a escribir la tuya.