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    Paula Lesina

    Vivir más simple. Vivir con propósito. Vivir mejor


    Minimalismo existencial



    Cuando el deseo de simplificar es un rasgo de identidad, ciertos temas se transforman en una constante vital. Perdí la cuenta de cuántos videos he visto con los siguientes títulos:


    • 10 cosas que ya no compro.
    • Objetos que ya no tengo.
    • 5 cosas que no compro como minimalista.
    • 20 cosas que dejé de utilizar.


    La lista anterior podría multiplicarse con títulos semejantes. Porque, cuando afirmo que no llevo el registro de la cantidad de videos por el estilo que miré, miro y miraré, estoy siendo absolutamente honesta. 

    No suelo sentir una curiosidad morbosa por la vida ajena. Sin embargo, me tienta la idea de saber qué es prescindible en tu casa y en tu vida. Si, además, lo publicaste en Youtube, seguro me cuento entre tus espectadores.



    El cristalero de la abuela.




    El día de ayer no fue una excepción. En mi fugaz paso por Youtube -durante esa hora del ocio más absoluto luego de la cena- escribí automáticamente "decluttering" en el buscador y me dispuse a escuchar. 

    Seguí las imágenes con ese tipo de atención flotante que usamos cuando las ideas que nos presentan no son nuevas, hasta que un punto, llamó mi atención. No porque no lo hubiese escuchado antes sino porque, por primera vez, reparé en la idea detrás del "tip of decluttering".

    ¿Qué llamó tanto mi atención? Nada escandaloso. La anfitriona de Clean my space, compró una casa y en el proceso de armar cajas para la mudanza, decidió donar todos sus vasos -diferentes entre sí- y comprar un juego nuevo.

    Lo dicho: no era un escándalo. De hecho, es una actitud natural. Comprar vajilla nueva se transforma en un gesto de estreno. Un voto de esperanza por los futuros momentos vividos en torno a la mesa. 



    Sin embargo, por alguna razón, al ver la imagen de aquellos vasos, mi primer pensamiento fue: ¿qué importa que sean todos diferentes? 



    Si estás pensando: "la gran pregunta Paula", te cuento que para mí, lo es. Dejame explicarme mejor. Este es un cuestionamiento profundo para quien lleva una vida de búsqueda estética en la simetría y la uniformidad. Siempre sentí satisfacción observando objetos iguales perfectamente alineados.


    Amaba el cristalero de mi abuela, con decenas de juegos de copas, iguales todas ellas entre sí y agrupadas por tamaño.


    No tomo a la ligera la uniformidad de los objetos porque serena mi mente desmesurada. En uno de esos alardes de psicología de manual, supongo que mi multiapasionamiento reclama orden externo para apaciguarse. Buscando afuera las carencias internas. Algo así, ¿o no?

    Sin embargo, la vida misma es un montón de vasos de diferentes juegos. No importa cuánto nos esmeremos: algunos se rompen, otros se pierden o se desgastan por el uso. Si se usa, está en riesgo. Un riesgo estimulante, porque no hay nada más estéril que los cristaleros de abuela. Al menos, el de mi abuela, que apenas tenía vida para la cena de fin de año.

    ¡Cuántas veces jugué a escondidas con esas copas! Culposa y aterrada por la posibilidad de romperlas. Convengamos: no fui precisamente una niña delicada y cuidadosa. En consecuencia, tocarlas era una transgresión. Lo sabía. Significaba romper el orden y desobedecer una orden. Sin embargo, lo hacía y siempre volví a dejarlas cada una en su lugar. Y me transformé en una adulta, que busca en cada rincón la homogeneidad del cristalero.


    Minimalismo existencial



    Cada copa en su lugar.



    Quienes me conocen en un ámbito social, se desconciertan al conocer mi casa. Es una escena curiosa que se ha repetido más de una vez. Estoy habituada a leer esa forma de asombro en la mirada. Por lo visto, mi personalidad y mi hogar son notas discordantes.

    Soy espontánea y mis opiniones son poco convencionales. Mi profesión son las letras, no presto gran atención a mi vestuario y me peino por respeto a los otros seres humanos. Supongo que se espera de mí una casa bohemia y con cierto desorden artístico.

    Pues, no. En mi casa, cada cosa tiene su lugar. No sobrellevo con entereza el desorden y si algo ha sido un desafío en veinte años de pareja, es el despelote crónico de no-marido.


    El caos artístico me resulta encantador en revistas de decoración y películas pero, en mi espacio, las necesidades son otras.


    La maternidad moderó el perfeccionismo irrespirable de mis ambientes. Es cierto. Ya no me desvela mantener durante el día la apariencia instagramera. Sin embargo, cada "copa" sigue teniendo su lugar. Si no lo tiene, lo invento. O alguien recibe un regalo de mi parte. O lo tiro sin remordimiento. Si tuviera remordimiento de lo que he tirado, no me alcanzarían los nueve círculos del Infierno para pagar culpas.


    Todos los vasos diferentes o el minimalismo existencial.



    El minimalismo del que tanto se habla -y predica-, para mí es una elección de vida asociada al deseo de simplicidad. Por supuesto que su primera manifestación es material y se concentra en los objetos. Aunque no pienso contar el número de cosas que poseo y no califico como "minimalista" por dormir en un colchón en el piso -aunque lo haría con gusto- y usar únicamente sábanas blancas. 

    Afortunadamente, mi búsqueda de una vida más simple no se limita a las cosas. Hace no demasiado tiempo, me habría desvelado una colección de vasos de diferentes juegos (tengo más de una anécdota personal al respecto). Por eso me sorprendió tanto descubrirme preguntándome "¿qué importa si son todos diferentes?".


    Es una señal de otra etapa, en la cual entiendo que lo importante del vaso es poder usarlo cuando tengo sed.


    A no confundirse: sigo enamorada de la divina uniformidad de los cristaleros, de los vasos todos iguales y si son de diseño, mejor. Pero mi energía está orientada a simplificar aspectos menos visibles y postergados por demasiado tiempo. Porque ética y estética, juegan juntas mi juego.


    ¿Te  cuento cuáles son las "copas" que tienen toda mi atención?



    Vigente desde que tengo memoria y solo comparable a mi necesidad de orden es la búsqueda de significado. Soy humana, construyo relatos me lo proponga o no. Actualmente, esta búsqueda se llama para mí "propósito" y es una manifestación de mi interés de hacer algo más que respirar y habitar el mundo.

    Para algunas personas es muy difícil discernir el sentido y se pierden en el intento. O se angustian. ¡Ese no es el objetivo! Se puede ser perfectamente feliz sin propósito y dándole a tu cuerpo el gusto de vivir. Son pocas nuestras necesidades vitales y tu cuerpo solo reclama satisfacerlas.

    Lo que sucede es que a mí, personalmente, no me alcanza con surfear la superficie. Será cuestión de carácter o educación. Incluso podríamos achacarlo a mi signo zodiacal acuoso. Pero sea cual sea la conjunción de estrellas en mi nacimiento, no puedo evitar buscar significado.

    La segunda de mis copas de minimalismo existencial es el bienestar físico y emocional, entendidos como aspectos complementarios. Después de décadas de desconexión con mi cuerpo, centrarme en él no tiene ninguna relación con el ego.


    Quiero y necesito sentirme bien. Ahora que sé que es posible y cuánta energía puedo tener, dar un paso atrás en este sentido me parecería una regresión.


    Por supuesto que los propósitos cambian y la percepción del bienestar también es mutable. Acepto la dinámica del cambio vital sin rebeldía. De todas formas, me mantengo en actitud de búsqueda. Porque cuando tenga sed, quiero tener un vaso cerca, no importa de qué color o tamaño sea.

    . .

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    . lunes, 19 de noviembre de 2018 .

    5 rutinas de orden en 5 minutos



    Simplificar es una de mis aspiraciones vitales. El deseo de sencillez sin embargo,  no nace de un espíritu zen, capaz del desapego y el encuentro pleno con el vacío. ¡Ya quisiera! Al describirme como "intensa", estoy siendo amable conmigo misma. Digamos que tengo una vida psíquica desmesurada. Lidiar con el caos del mundo no me asusta. Lidiar con mi cabeza -rara vez silenciosa- es todo un desafío cotidiano.

    Quizás por este motivo compenso la intensidad interior con una búsqueda infatigable de simplificar lo que me rodea. Sea cual sea la idea que me presente la vida, tiendo naturalmente a desmenuzarla de tal forma que pueda entender su mínima expresión.

    Tiene sentido entonces que me comprometa la idealización de una vida simple e intencional. Más allá de mi resistencia a la limitación que imponen las etiquetas, algunos adjetivos se ajustan sin duda a mi filosofía existencial. Minimalista es uno de ellos.

    Muy moderada por una convivencia de veinte años, hoy puedo resistir la tentación de despojarme de lo propio y despojar de lo ajeno (sí: he tirado alguna que otra cosa de no-marido en estos años) Sin embargo, la tentación siempre está presente.


    Episodio aparte merece la maternidad. Porque simplificar y minimizar el universo de los niños y todos los objetos que conlleva, puede ser una perpetua carrera de obstáculos. 


    ¿Sabés que es lo curioso respecto a la simplicidad? No importa cuánto o cuán seguido dediques tu tiempo a sacar de tu vida objetos innecesarios. Periódicamente se renuevan. Y siempre es posible encontrar algo de lo que podrías prescindir. No es necesario realizar un esfuerzo titánico para encontrar en tu casa objetos que no funcionan - y no se puede o conviene reparar- o simplemente, ya no tienen uso.

    En este sentido, una rutina cotidiana de orden y desapego resulta de mucha ayuda. No tiene por qué tomar más de cinco minutos, que bien aprovechados reducen significativamente la proliferación de las cosas. No sé si hay una película futurista de alarma sobre el ser humano aniquilado por un aluvión de objetos innecesarios. Pero si no la hay, debería.



    5 rutinas de orden y desapego de 5 minutos.



    Dada la personalidad de los dos hombres de la familia, tengo frente a mí, dos opciones: pasarme el día rezongando para mantener una casa habitable o asumir que los seres humanos tenemos márgenes de cambio poco flexibles y no funcionan precisamente a los gritos. 

    Elijo esto último. ¿Por qué? Porque luego de aceptar como parte de la realidad que tu no-marido es virtualmente incapaz de prepararse un desayuno sin tributar a Guernica, la rutina diaria es más simple de sobrellevar. Lo sé. Suena conformista. Pero luego de dos décadas de relación, descarté la tercera opción: cambiar de no-marido. Al menos por el momento. El desgaste sería mayor y yo busco simplificar mi vida.

    Seamos honestas, tampoco vas a entregar a tu hijo al mejor postor. Especialmente, porque cuando son mayores de siete años ya no es tan fácil colocarlos. Dejaron de ser "tan adorables" y ya tienen manías que seguramente van a conservar buena parte de su vida adulta.


    Anulada la posibilidad de divorcio y el pedido de asilo en una embajada extranjera, mi sugerencia es que pienses en el ejercicio del orden como una oportunidad de conectarte con tu diosa interna... 


    Bueno. Digamos que el delirio místico es demasiado intenso aún para este espíritu que escribe. Pero lo cierto es que te sugiero que practiques rutinas breves de orden que te ayuden a mantener la cordura y eviten una sentencia de cárcel. Aunque tiente, ahorcar un marido con el cable de la tostadora nunca será una cosa bien vista por las autoridades competentes.



    5 rutinas de orden en 5 minutos



    Orden en 5 minutos.



    Por si estás escasa de imaginaciones por el agotamiento, te paso algunas ideas que no toman más que 5 minutos y colaboran en el mantenimiento del orden y la paz familiar. Al menos en mi casa.



    • Enfocarte en despojar los mostradores de la cocina luego de desayunar. Banal pero efectivo. Por alguna razón que no termino de comprender, los objetos no vuelven solos al lugar del cual los sacamos. Ergo, hay que conducirlos con amor a su espacio de origen. Ya sea vajilla o alimentos, no toma más que cinco minutos devolverlos a su lugar. Eso, siempre y cuando tengamos un lugar para cada cosa, algo que desde ya te recomiendo como un principio vital.

    • Vaciar las superficies de apoyo de papeles y objetos. Otro de los secretos del universo, allí donde haya una superficie de apoyo, habrá objetos apoyados. Nos resistimos a conservar vacío el vacío. Entonces, o eliminamos superficies de apoyo (algo que ya hice en la medida de lo posible) o conseguimos cajas y cajones para que el estante o la mesita no luzcan las llaves, los lentes, el celular y las facturas de los servicios como si fueran objetos de arte.

    • Crear tu propio Purgatorio. Yo sé que suena extraño, sin embargo es altamente eficaz para mantener el orden. El asunto es el siguiente, te cuento. En un recorrido de cinco minutos por tu casa es posible encontrar objetos fuera de lugar, alguno roto y tantos otros que persisten en la existencia sin tener fin alguno. Estos últimos, van a ir al Purgatorio. O lo que es lo mismo: una caja a la que va a ir a parar todo lo que no tiene lugar -todavía. Al final del día o de la semana, ya dedicarás un tiempo a dictar sentencia en tu propio Purgatorio y verás qué se queda y encuentra su lugar y qué tiene pasaje directo al Inframundo. O el basurero que suena menos dramático.

    • Eliminar los envases vacíos. ¿Por qué razón estás acumulando envases vacíos de shampoo en la ducha? ¿Cuánto tiempo lleva esa salsa ketchup vacía en tu heladera? ¿De verdad es necesario conservar la botella de un perfume terminado? En un hogar promedio se acumulan envases vacíos irracionalmente. Ya que estamos me pronuncio y te invito a que realices el intento de consumir cada vez menos productos embotellados o envasados. Pero, si aún no estamos en ese momento: ¡hacé algo con los que te habitan la casa! Reciclar, reusar o tirar. Punto. El shampoo no se multiplica como el pan y los peces. Por más que conserves el envase, va a seguir estando vacío. Salvo intervención divina. Y ¡qué querés que te diga! Mi casa no está intervenida de esa forma.

    • Archivar inmediatamente lo que es necesario. Ya sea documentos físicos o virtuales -por que se puede tener un menudo desorden virtual- acatemos el hábito de archivar en una carpeta creada para ese fin los documentos que van a tener utilidad en el corto o mediano plazo. Por supuesto, esta sugerencia tiene una contracara: no conserves ningún documento o papel que no tenga una finalidad específica en el corto o mediano plazo. Los recibos de luz de hace tres años no tienen sentido en la era digital. Tampoco los manuales del Nokia 1100. ¿Nos estamos entendiendo?


    La proliferación de las cosas.




    Espero que las anteriores 5 rutinas de orden en 5 minutos provoquen, por lo menos, una reflexión respecto a  la actitud que asumimos frente al desorden. Si sos de ese tipo de persona que lo aceptan sin conflicto o de las que pueden abstraerse del entorno sin efectos secundarios, mi total admiración te pertenece.

    Para quienes tenemos serias dificultades para enfocarnos en cualquier aspecto de la vida -incluso leer- cuando la casa está desordenada, comparto las anteriores rutinas. ¿Por qué? ¡Porque son las que uso para mantener la cordura!

    Si tenés una sugerencia de esas que funcionan en la vida cotidiana sin invertir una fortuna o exponerte a una condena de cárcel, me encantaría leerla en los comentarios. Soy toda oídos.
    . domingo, 18 de noviembre de 2018 .

    A qué te dedicás



    Forzada por las circunstancias, descubrí que los encuentros casuales con perfectos desconocidos suelen tener un guión predecible. Ya sea en el ómnibus, la fila de un banco o una de esas salas de espera que conservan revistas de los 80, podría anticipar el devenir de este tipo de conversación amablemente superficial.

    Tengo experiencia en el tema. Por alguna razón cósmica que desconozco, atraigo naturalmente a quienes tienen deseos de decir. Recuerdo encuentros fortuitos que enloquecerían al propio Kafka. Y personas que me contaron intimidades familiares que solo se pronuncian con tanta liviandad frente a alguien que, estamos convencidos, no vamos a ver nunca más.

    Eso sí, por más bizarro que sea el tono del diálogo, existe una pregunta que se reitera. Una y otra vez. Con insistencia: ¿A qué te dedicás? No es una pregunta comprometida ni comprometedora. Es más, suele tener un afán meramente informativo, para mantener el ritmo de la charla.


    Sin embargo, durante años hubiese preferido contarte los detalles más crudos de una candidiasis vaginal antes que responderte este cuestionamiento.


    En honor a la veracidad histórica, la respuesta sería más o menos sencilla: soy docente. De hecho, es mi respuesta comodín para las ocasiones formales. ¿Por qué? Porque, en general, quien interroga no espera otra cosa que saber por qué me pagan mensualmente para financiarme una existencia que se extiende más allá de las horas dedicadas al trabajo.

    A mí, me pagan por enseñar: soy profesora de Literatura. Puedo ofrecer esta respuesta con una seguridad que engaña al oyente más entrenado. Sin embargo, escuchar la dichosa pregunta revolvía demasiadas emociones. Ninguna de ellas alentadora.

    ¿Por qué? Porque hubo un momento, hace aproximadamente tres años, en el cual dejé de sentir que mi trabajo coincidía con mi propósito. ¡Un golpe duro después de 15 años! Quizás, fue solamente un episodio del síndrome de desgaste ocupacional. Una manifestación extrema de cansancio y pérdida. No lo sé. Pero cambió mi vida.

    Es de este cambio del cual quiero hablarte.


    A qué te dedicás




    La fábrica de propósitos.




    Nada en mi biología codifica la búsqueda de sentido. Ni en la mía, ni en la tuya. La vida tiene un único propósito: perpetuarse a sí misma. En consecuencia, ¿por qué escandalizar cuando alguien decide vivir sin reflexionar sobre su aporte a este mundo?


    Carecer de propósito no es una anomalía y conozco personas lícitamente felices con satisfacer sus necesidades básicas y darle un que otro gusto al cuerpo. 


    Desafortunadamente, no soy una de esas personas. Desde que tengo memoria me lleva la vida el significado de las cosas. Digamos que si existieran seres humanos "cómo" y otros "por qué", mi cerebro es un gran signo de interrogación. Algo así como una existencialista trasnochada, que entiende que es un cúmulo de átomos de carbono que se desgastan con el tiempo, pero aún así se empeña en construir sentido.

    Al elegir mi profesión, viví el primer conflicto existencial. El mandato familiar y el pensamiento práctico, me orientaron a una decisión pragmática. Elegí estudiar la profesión de mi padre. ¡De manual! Claro, esta decisión no iba a perpetuarse sin consecuencias. Vaya si tuvo consecuencias...

    Dos años después estaba agotada del asco de solo pensar en levantarme todos los días para hacer algo que no tenía sentido para mí. Porque las presiones sociales no construyen significado. Todo lo contrario. Son un buen sustituto para quienes desean evitar el conflicto. Como te imaginarás, tampoco es mi caso.

    Así que atravesé el conflicto y tomé una decisión que guió el primer paso hacia la vida que hoy tengo. Estudié letras, una de mis pasiones. Aunque voy a ser totalmente franca: mi intuición fue más sabia que yo. Elegí la opción de docencia sin haber reconocido en mí el espíritu de quien enseña. Eso, lo descubrí un par de años más tarde.



    ¿Vivir con propósito o tener un trabajo?




    Durante diez años esta fórmula funcionó medianamente bien. Por supuesto que con sus claroscuros. Apenas entré al sistema educativo comencé a cuestionarme sobre la validez de mi profesión. La institucionalidad es todo un tema para mí. Pero, la pasión por las letras y una sorpresiva capacidad para comunicar emocionando y persuadiendo fueron suficientes para darle sentido a la cuestión.

    ¿Qué pasó entonces? Lo que sucede cuando se inicia un fuego: se encuentran una sustancia inflamable y un acelerador y la química hace el resto. Mi acelerador fue la maternidad. ¡Menudo acelerador!

    Si estás pensando en ser madre y todavía tenés deudas personales por resolver, da por hecho que te esperan unos años dignos de registro. No hay nada inocuo en el proceso de mantener con vida y educar a otro ser humano. Te pone en eje a tu pesar.

    En aquel momento, creí que el problema era la institución en la cual trabajaba y resolví la situación de la peor forma posible: con escándalo. Resolver los conflictos gruesos sin fuegos artificiales no era una de mis virtudes personales.

    Dejé la institución a la que pertenecía y me tomé seis meses de dedicación exclusiva a la maternidad. Pronto descubrí que necesitaba más. No solo necesitaba un sueldo para vivir, la pulsión del sentido seguía latiendo. ¡Y cómo!

    La maternidad había desempolvado pasiones que ya no recordaba, menos vinculadas con el terreno intelectual y más ligadas a los trabajos manuales y el goce estético de los objetos. También inauguró una desmedida voluntad de ser más allá de mis roles sociales. Fue entonces cuando nació La Desmesurada. En espacio para cometer el exceso de ser yo.



    ¿Las dos cosas no se podrá?



    Escribir es mi forma de exorcizar. O de sublimar si preferís la terminología freudiana clásica. Escribir un blog fue y es una herramienta de autoconocimiento que aún me sorprende. No solo no me aburro de hacerlo sino que, cuando aprendo una nueva forma de ver el mundo, lo primero que se me ocurre es compartirlo en un blog.

    Comencé a escribir en Blogger hace diez años. Sin embargo, mi primer blog era una herramienta profesional, lo usaba para guiar a mis alumnos en la preparación de sus exámenes internacionales. 

    En aquel entonces no se me ocurría escribir a título personal. ¡Mucho menos tener un dominio con mi nombre! Porque, he aquí, que ser Bloguera no es una de las profesiones aceptadas sin reclamo de la conciencia.


    Además, para evitar este tipo de reclamo de la conciencia, escribir un blog debía producir beneficios materiales concretos. De esos que pagan la luz y la comida. 


    Como fui y soy lectora de blogs -en español y en inglés- entendí sin demasiado esfuerzo que existían personas en el mundo que ganaban un sueldo escribiendo su blog. Al principio, me pareció una idea impracticable para mi contexto. Eso sí, una idea que se negó a abandonarme.

    Quería las dos cosas: escribir sobre lo que tuviera ganas y ganar dinero con ello. Desde la comodidad de mi sillón y de entrecasa. Entonces, viví un segundo conflicto de propósitos y me inventé una profesión que todavía tengo que explicar minuciosamente.



    La inventora de profesiones. 




    Como puede ser agotador explicar día sí y otro también de dónde proviene tu dinero observando el gesto incrédulo del interlocutor, comprenderás que la preguntita que le da título a este artículo me crispara los nervios.

    Por eso, prefiero un simple: "soy docente". Reservando la explicación detallada solo para ocasiones especiales. Rigurosamente, estoy diciendo una verdad: sigo siendo docente. Sea lo que sea que haga, me puede en el cuerpo la voluntad de expresar aquello en lo que creo para transformar la vida de otras personas.

    No entra dentro de mi paradigma enseñar algo en lo que no creo o mirar para otro lado si una de mis palabras puede cambiar tu percepción y por lo tanto, ayudarte a vivir más felizmente. Fue así como luego de muchas idas y venidas acepté que mi propósito es la comunicación. O dicho de otra forma: enseñar aquello que sé y en lo que creo para mejorar la experiencia de vida de otras personas.


    ¿Cómo sé que esto es un propósito y no solo algo "a lo que me dedico"? Porque permanece como un principio sólido más allá de que, con el tiempo, fue cambiando aquello que quería enseñar. Cambia el mensaje, no el deseo de expresión.


    Así que cuando me preguntan a qué me dedico, bien podría decir que lo que me levanta de la cama por las mañanas es un propósito. Y que si todavía no descubriste el tuyo, me encantaría acompañarte en el proceso.